Cuando me preguntan por el viaje a Cambridge, la palabra que se me ocurre es ESPECTACULAR. Se me hace muy difícil resumir cuatro semanas en una sola palabra; entonces inevitablemente empiezo a contar sobre el viaje y ahí sí que ya no puedo parar. Es que fueron cuatro semanas súper intensas. Me preguntan, “¿extrañaste?” Mi respuesta es muy sencilla, un NO rotundo. Es imposible extrañar cuando estás disfrutando tanto, estábamos tan “ocupados” recorriendo lugares nuevos, conociendo gente, aprendiendo, en definitiva, viviendo Cambridge al máximo.
Todos se ríen cuando cuento que para mí una de las cosas más divertidas del viaje fue tomar el ómnibus al colegio todos los días. ¡Qué experiencia! Tomaba el ómnibus todos los días a eso de las 8:15 de la mañana para ir al colegio. Ya cuando llegás a la parada, hay una pantalla que te avisa cuándo llegan los siguientes tres ómnibus, así que si hay que esperar, a ponerse en la cola, y cuando se acercaba el ómnibus, veía si había asientos libres para ir en la parte de arriba, que por cierto, casi siempre venían vacíos, así que durante el trayecto disfrutaba de una vista fabulosa. Así comenzaba mi día en Cambridge.
El colegio era un lugar sumamente interesante, se encuentran todo tipo de nacionalidades y bien a lo uruguayo, casi siempre terminábamos hablando de fútbol. Los turcos eran los primeros en hablarte de fútbol cuando les decía que éramos de Uruguay. Entonces decían “Uruguay… ¡Diego Lugano!” Y yo les mostraba en el celular las comedias turcas que pasan acá en la televisión y se mataban de la risa. Situaciones así se dan todo el tiempo con los estudiantes y en la calle también, o en las tiendas. Es una ciudad que por ser universitaria cuenta con tal diversidad de nacionalidades que es algo fantástico.
Después de las clases en el colegio salíamos a recorrer Cambridge. Cada día era una aventura distinta. Caminamos kilómetros y kilómetros. Las palabras “walking tour” eran parte de nuestro día a día. Visitamos museos, colegios con más de 800 años de historia, el jardín botánico, tomamos el famoso “cream tea”, paseamos en bote por el río Cam, subimos 123 escalones para tener la mejor vista de todo Cambridge, fuimos a escuchar al coro de King’s College, uno de los más reconocidos en la actualidad, y por supuesto, fuimos de compras.
Regresábamos a nuestras casa alrededor de las seis de la tarde, ya que ellos cenan más temprano que nosotros. La familia es parte fundamental de la experiencia Cambridge. En mi caso estaba alojada con un matrimonio mayor en una casa preciosa, con cuarto para mí sola, con escritorio, una tele y baño privado. Por cuatro semanas, me cocinaron, lavaron mi ropa, limpiaron mi dormitorio, ¿qué más se puede pedir? Chris y Diane me esperaban para cenar y conversar. Tanto el desayuno como la cena eran esos momentos únicos en que charlábamos e intercambiábamos opiniones. Diane es niñera y Chris es entrenador de boxeo y lechero (sí, cuando me lo dijeron, no podía creerlo, ¿existen los lecheros en Inglaterra? Fue lo primero que le pregunté la tarde que llegamos a Cambridge. Pues bien, sí existen y él se levantaba a las 2:30 todos los días. Otra de las tantas cosas interesantes de este viaje.
Los fines de semana no hay clases pero teníamos excursiones así que recorrimos muchísimos lugares. Fuimos a York, Bath, Leeds Castle, Canterbury, Stratford-upon-Avon, Warwick Castle, Brighton, Oxford, Blenheim Palace, y Londres en varias ocasiones.
Pasamos 4 semanas increíbles. Andábamos por Cambridge sin preocuparnos por la hora, sintiéndonos seguros todo el tiempo, con la mochila en la espalda y sin darnos cuenta, aprendiendo todo el tiempo, y cosas que no se aprenden con los libros, que hay que “vivir”. Sin lugar a dudas, ¡una experiencia única e inolvidable!
